Extracto del cuento de hadas:


«Había una vez una anciana que vivía en un pueblo tranquilo a orillas de un ancho río. Este desembocaba en las márgenes de un bosque insondable sobre el que se erguía en todo su esplendor una montaña maravillosa. Había pasado toda su vida dedicada a recolectar hierbas y de esta forma ayudaba a las personas que se acercaban a su humilde cabaña.


Una mañana bien temprano, cuando se disponía nuevamente a juntar hierbas, escuchó de pronto una alegre sonrisa. Miró a su alrededor y, no obstante, fue imposible descubrir a alguien. Aquella risa se asemejaba al tintineo luminoso de una campanilla. De pronto se unió a ese sonido una voz suave y plena de amor. Ella se volvió hacia la voz. Con admiración reconoció que un abedul, bien desarrollado ya, y de un blanco brillante, le hablaba. Nunca un árbol se había dirigido a ella antes.

—Desciende hasta el río siguiendo la dirección hacia donde brilla el sol y ya verás.

La anciana cogió su cesta casi llena de hierbas y bajó hasta el río a través de árboles, de arbustos, y sobre una pradera de flores.

En la dirección señalada divisó sobre el río y en un círculo de doce grandes nenúfares, una cuna. Dentro de ella yacía un niño con la mirada vuelta al cielo, quien alegremente le reía al sol. Una paloma blanca apareció sobre el respaldar de la cuna, se detuvo en el aire y aleteó sobre el lugar. La voz del fino abedul resonaba por los bosques.

‹Este niño te ha sido encomendado. Llévatelo a casa y albérgalo en tu corazón como si fuese tuyo.›

La anciana se internó en el agua, alzó con sumo cuidado al niño de su cuna y lo acomodó en su canasta repleta de hierbas aromáticas. Luego tomaron el camino de regreso por el bosque hacia su acogedora cabaña.»





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